Ayer fue mi cumpleaños, y Carlos, camarada del barrio y corresponsable de innumerables imprudencias juveniles, no solo incurrió en el desaire inexcusable de omitir el parabién, sino que exhibió la rara pericia de transmutar la augusta liturgia de la disculpa en un rosario de coartadas rancias, tan meticulosamente impostadas como la arquitectura cigomática que sostiene su foto de perfil y tan desmesuradamente ornamentales como estas mismas palabras que, entregadas a contemplarse unas a otras en un laberinto léxico autorreferencial, se empeñan en revestir de elegante discurso lo que, en esencia, fue un simple olvido de cumpleaños perpetrado por un huevón.

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