—Este martes me voy a ver con Clemencia en Larcomar —me dijo Javier—. Te voy a presentar a sus amigas.
Era diciembre y yo tenía catorce años. Recién había hecho amigos en el barrio y Javier Andrés fue uno de ellos. El día que nos conocimos me estranguló con una guillotina bajo la sombra de un eucalipto y nos hicimos como hermanos desde entonces.
—Trae amigos. Si pueden ser rubios, mejor —me dijo.
Llegamos caminando hasta Larcomar. En la esquina del parque Salazar nos esperaban Pepe Rodriguez, Ian Scofield y Michael Gatjens.
Pero al ver a Michael, Javier me recriminó.
—Seas pendejo, Tomás. Ese huevón no es rubio, se ha pasado agua oxigenada.
—Es el cloro de la piscina —me defendí.
Bajamos.
Clemencia ya estaba con sus amigas.
Todas eran bonitas, bien educadas.
Besito por aquí, besito por allá.
¿Cómo te llamas? ¿De qué colegio?
Y ¡pum! de pronto todo se fue a la mierda.
—Ahí viene Krizia.
Sentí eso que otros confunden con enamorarse.

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