Capítulo 1

En un pueblo desconocido, en un país muy lejano, había un bosque sin nombre.
A él solo llegaban quienes se perdían.

En medio del bosque había una cabaña, y en ella vivía un niño llamado León.

Una mañana del mes de octubre, el sol despertó a León con rayos anaranjados sobre su frente. León los recibió con una sonrisa aún somnolienta. Abrió los ojos lentamente mientras el aroma a café y mantequilla derretida se acomodaba en su nariz.

Bajó los pies de la cama, se frotó los ojos y estiró los brazos casi hasta alcanzar el techo, sin darse cuenta de que un pequeño intruso se escondía lentamente bajo su almohada.

Iré a saludar a mamá, pensó mientras buscaba sus pantuflas.

Buscó bajo la cama, detrás de la puerta, en el armario, entre los juguetes… incluso miró al techo.

Pero solo encontró una.

—¿Dónde habré dejado mi otra pantufla? —se preguntó.
—¡Mamá! ¿Has visto mi pantufla?
—No me has saludado. Ven a decirme buenos días y siéntate a desayunar.
—Es que no encuentro mi otra pantufla…

¡Pum!
Algo golpeó su espalda con un sonido seco.

León se dio la vuelta, asustado y molesto, pero no había nadie. Bajó la mirada y ahí estaba, entre la cama y sus pies: la pantufla.

—¿Ya vienes, León?

León recogió la pantufla mirando disimuladamente, de reojo, hacia el armario. Luego miró bajo la cama una vez más. Se puso la pantufla y salió del dormitorio.

—Mamá, pasó algo muy extraño.
—«¡Buenos días, mamá!» quiero oír.
—¡Buenos días, mamá! Ha pasado algo muy extraño.
—Buenos días, cariño. Toma tu jugo antes de que se oxide. ¿Qué pasó?
—Me acababa de despertar…
—Toma…
—…digo, me acababa de despertar…
—…tu jugo.
—¡Mamá! ¡No puedo hablar si tomo mi jugo!
—…se oxida…
—¡Es importante, mamá!
—De acuerdo, cuéntame.

León le contó detalle a detalle, movimiento por movimiento, lo que había pasado esa mañana al despertar.

Mientras tanto, en el dormitorio, el pequeño intruso ya había abandonado su escondite y corría hacia el bosque en busca de desayuno.

—¿Seguro que ya estabas despierto? A veces estamos soñando pero creemos que estamos despiertos. Es normal.
—Estaba despierto, mamá. Si no, no te habría preguntado si habías visto mi pantufla. Todo eso pasó después de preguntarte.

Esa mañana León no pudo concentrarse. No dejaba de pensar en la pantufla voladora que lo había atacado por la espalda en su propio dormitorio.

Lo que había comenzado con una cálida sonrisa se transformó en un laberinto gris dentro de su cabeza.

Sus pensamientos empezaron a rodar como una bola de nieve, creciendo con cada sospecha de su imaginación.

León derramó la leche.
Quebró una taza.
Se tropezó con la alfombra.
Echó a perder la punta de su lápiz favorito.
Rompió la hoja donde dibujaba.
Se cayó de la bicicleta.
Metió el pie en un charco.
Se volvió a caer de la bicicleta.
Se raspó la rodilla.
Se quemó la lengua a la hora de almuerzo.
Se atoró con un fideo.
Derramó la bebida.
Quebró un vaso.
Se tropezó con la alfombra una vez más.

No quiso leer.
No quiso jugar.

Y para cuando cayó la tarde y el sol se despedía con rayos anaranjados sobre su frente, León decidió salir de su escondite y corrió al bosque.

Cuando el trote lo dejó agitado, bajó el ritmo y volvió a pensar en la pantufla.

El bosque se hacía cada vez más frío y la cabaña cada vez más lejana. El crujido de las hojas secas al caminar se fundía con el coro de las aves y el susurro del riachuelo que lo separaba del lado desconocido del bosque.

El lado oscuro.
El lado prohibido.

—Hoy es un buen día para cruzar el riachuelo y descubrir qué hay más allá —pensó en voz alta.

Y cuando cruzó la primera pierna, el coro de las aves quedó en silencio antes de que apoyara el pie.

De pronto, el bosque quedó vacío de sonido.
Un silencio seco le golpeó los oídos.

León alzó la mirada hacia los árboles, buscando a las aves culpables de haber apagado la melodía. Y con un pie en cada lado del riachuelo se preguntó:

—¿Y ahora qué les pasó a los pajaritos? ¿Adónde se fueron?

Todo era silencio.
El mismo riachuelo había callado. Fluía sigilosamente entre las rocas.

El viento había dejado de soplar, como si aguantara la respiración esperando que algo sucediera.

León regresó el pie al lado ya conocido del bosque.
Las aves volvieron a cantar.
El viento volvió a soplar como un suspiro de alivio.
Y como un descuido del paisaje, León oyó al riachuelo susurrar:

—No cruces, niño. No cruces.

Al volver a casa, mamá lo esperaba.

—¿Qué te he dicho de caminar por el bosque a esta hora? ¿No ves que casi ya no hay luz?
—Mamá… ¿qué hay del otro lado del riachuelo? ¿Por qué no podemos cruzar?
—Ya te he dicho que no hay nada. Solo bosque y más bosque. Y como nadie anda por ahí, es mejor no cruzar: te puedes perder.
—¿Podemos ir mañana?
—Mejor cuando regrese tu papá, que ya falta poco para que venga. Y justo a tiempo para celebrar tu cumpleaños.

León estaba ansioso por la llegada de su cumpleaños. Pensaba invitar a sus nuevos compañeros de escuela, pues recién llevaba unas pocas semanas viviendo en aquella cabaña.

Pero ese día había dejado de pensar en su cumpleaños.
Lo había olvidado por completo.
Su mente había sido tomada por el misterio de la pantufla voladora.
Había salido a buscar respuestas y regresó con más preguntas.

¿Qué había al otro lado del riachuelo?
¿Por qué todo se hizo silencio cuando intentó cruzar?
¿Quién le advirtió que no cruzara?
¿Había sido el riachuelo?
¿Había alguien más en el bosque en ese momento?

León apagó la luz del dormitorio y se recostó en la cama. Se tapó con la colcha hasta el mentón y cerró los ojos.

Estaba muy cansado.

Por un momento sintió que su cuerpo se derretía como mantequilla sobre pan caliente.

Recordó el susurro constante del riachuelo y, poco a poco, fue cayendo en sueño… hasta que sintió un apretón en el dedo meñique del pie.

León abrió los ojos, asustado, y levantó el cuerpo rápidamente.

—¿Quién anda ahí?

Estaba completamente solo.

—¡No es gracioso!

Pero el dormitorio estaba en silencio.
A lo lejos podía oír el sonido del televisor de mamá.

León inspeccionó con la mirada todo a su alrededor y, después de confirmar su soledad, volvió a recostarse. Esta vez con los ojos bien abiertos, mirando el techo. En la oscuridad parecían dibujarse formas que se movían e interactuaban unas con otras.

Y desde lo más profundo, debajo de la cama, se escuchó una voz diminuta:

—Niño… no te vayas a asustar.