Roma, año 21 a.C.

Los tambores de guerra silenciaban los gritos de miedo que el enemigo regalaba como becerros despavoridos ante la llegada de Marcus Lollius, senador bajo el reinado de Augusto, primer emperador de Roma, ese hombre prudente que convirtió el caos republicano en una maquinaria imperial que parecía eterna. Pero Lollius no era prudente. Era ambicioso, rápido; era lo que conoceríamos hoy en el Perú como un verdadero conchesumare. Un mañoso.

Lollius gobernó provincias, acumuló riquezas, ganó prestigio… y cuando Germania lo devoró —la llamada clades Lolliana— no fue solo una derrota militar; fue una herida en el orgullo romano. Las legiones humilladas, los estandartes perdidos, y el nombre de Lollius fue asquerosamente arrastrado por el barro. Pero Roma tenía una costumbre curiosa en ese entonces: podía olvidar rápido las derrotas si el apellido sobrevivía. Y el gens Lollia sobrevivió.

En Roma, el gens no significaba solo familia, sino que era una forma de mostrar persistencia. Era la idea de que, aunque un hombre cayera, el nombre seguiría caminando, reproduciéndose, infiltrándose en la historia como una sombra obstinada. Era el karma de los romanos.

Una de esas sombras fue Lollia Paulina, descendiente de Marcus Lollius. Rica hasta el exceso, famosa por aparecer en banquetes cubierta de joyas que, según Plinio el Viejo, valían cuarenta millones de sestercios (una cifra obscena incluso para Roma). Se casó con el emperador Calígula, otro mañoso, quien la despojó de su marido anterior con la misma facilidad con la que luego la desechó. Más tarde, en la corte de Claudio, fue víctima de la envidia de Agripina la Menor, que la acusó de consultar astrólogos y la empujó al exilio y al suicidio.

La caída de Roma en el 476 no fue un evento, sino un lento desmoronamiento. Los Lollius aprendieron que el poder era una moneda inestable. Para sobrevivir debían pasar desapercibidos, abandonar la lujuria, los banquetes y, más bien, reproducirse. Ganar en número, en territorio. Y, ni huevones, los Lollius se dispersaron.

Los Siglos Oscuros

Entre los años 500 y 1200, Europa fue un escenario de invasiones, hambre y olvido. No se registraron nombres ni rostros que llamasen la atención entre los Lollius. Solo la persistencia muda de un sonido que se niega a desaparecer: la sangre, el apellido. Y fue así que, en el siglo XIII, al norte de Italia, aparece una figura que parece salir de la nada: Johannes de Lollis. Ese “de Lollis” significaba ser descendiente de la gens Lollius. Con él, el apellido dejó de ser un eco vacío y se convirtió en una identidad hereditaria que con los años fue mutando a simplemente “Lolli”. 

Siglos después, cuando los nombres ya empezaban a olvidarse, en 1525, en Mirandola, nace Sigismondo Lolli, del que no diré nada pues tampoco lo sé mucho. 

Más tarde, en el siglo XVII, la Peste de Milán arrasó ciudades y pueblos. Familias enteras desaparecieron. Archivos vacíos. Casas cerradas. Los Lolli sobrevivieron. Con sus mañas. Con sus tambores de guerra.

Giovanni Lolli, en 1620, vio cómo la Guerra de los Treinta Años convertía a Europa en un matadero de fe. El aire olía a pólvora vieja y a la soberbia de mercenarios que violaban fronteras y establos por igual. No había gloria en los archivos: solo el crujido de la pluma registrando diezmos mientras el hambre deformaba los rostros en las plazas.

Diez años después, en 1630, llegó la peste. Su hijo Antonio Lolli fue testigo de cómo la muerte no distinguía entre blasfemos y devotos. Vio carros cargados de carne putrefacta cruzar las calles de Bolonia; los médicos, con máscaras de pájaro, parecían cuervos esperando el banquete. El apellido solo sobrevivía con la suerte de no escupir sangre antes del amanecer.

Mientras Galileo era humillado por decir la verdad y los Habsburgo se desangraban en batallas absurdas, los Lolli se escondían en las sombras de las parroquias. Para 1648, cuando se firmó la Paz de Westfalia, Europa estaba marcada con la sangre de ocho millones de cadáveres.

Ya a finales del siglo XVII, las rutas comerciales llevaron a los Lolli a Génova. En los parajes de la soberbia República de Génova, en 1722, nace Pietro Loli Murello. Con él, el apellido se simplificó inevitablemente y tomó la nueva forma de “Loli”. Génova, en ese momento era comercio, deuda, barcos y oportunidades inciertas. Pietro crece en un mundo donde el pasado importa poco y el futuro depende de lo que estás haciendo en ese momento. Y, como tantos antes que él, decide escapar de ese futuro. Se va a Vizcaya por negocios y termina quedándose por amor. Pietro se casa en el País Vasco español con la bellísima Josefina Sosa de Cuéllar. Era tan hermosa que amerita un relato aparte para describir hasta dónde llegaba su belleza.

De Vizcaya a Huaraz

De Pietro y Josefina nace, en 1749, Fernando Loli Sosa, quien hará lo que los Lollius han hecho durante siglos: conquistar.
Fernando cruza el océano y llega al Perú, instalándose en Huaraz, en un tiempo de ajuste colonial intenso en la región debido a las Reformas Borbónicas bajo el virrey Manuel de Amat y Junyent. Más tarde, en 1781 nace en Huaraz Tomás Loli Ramírez, hijo de Fernando, y cuya infancia fue marcada por la rebelión de Túpac Amaru II, un incendio social que barrió el virreinato y dejó a Huaraz temblando entre el miedo a las alcabalas y la furia indígena.

Tomás Loli se casó con Florencia Florentini, también en Huaraz. Como madre, Florencia fue la columna vertebral de los Loli en una época despiadada. Mientras criaba a sus hijos, vio cómo el orden colonial se desmoronaba ante el paso de las bayonetas de San Martín y Bolívar. Huaraz no era refugio de nadie, y ella, en silencio, preservó un linaje que sobreviviría a la caída de los reyes.

De los Loli Florentini nace el despiadado Toribio Tadeo Loli Florentini, quien se pasó la vida expandiendo el linaje en Huaraz. Tuvo ocho hijos con María Isabel Castañeda, tres más con Angelina Sarrio, uno con Angélica Figueroa y otro con Alejandra Cilio. Al menos, los que logré rastrear. Una barbaridad, el hombre.

Supe que su hija Adela se tomó la libertad de perderse en amores con un italiano loco y obsesivo que se caminó el Perú entero durante veinte años, tratando de memorizárselo. El loco —que después se haría famoso— identificó numerosas especies de flora y fauna; entre ellas, una planta que bautizaron Puya raimondii en su honor. También le atribuyeron el hallazgo de la Estela Raimondi, de la cultura Chavín, que, por supuesto, terminó cargando su apellido.

Pero a mí me concierne más el hermano de Adela: Esteban. Él fue más práctico que heroico: se quedó en Huaraz y terminó casándose con una huaracina rebelde de la familia Arnao. De esa unión nace Ramón Augusto Alberto Loli Arnao. Lo confuso es que Florencia, hermana de Esteban y Adela, también se casó con un Arnao, hermano de la misma huaracina rebelde.

Arequipa

A fines del siglo XVIII, Juan Pío Camilo Tristán y Moscoso —militar, mariscal de campo de los ejércitos reales de España y último virrey del Perú (aunque no llegó a ejercer el cargo; menos mal)— pertenecía al núcleo duro del poder arequipeño: nobleza criolla, tierras, influencia. Su apellido sostenía, con elegante obstinación, los últimos hilos del orden colonial.

Pío Tristán —o Tatito Pío, como lo llamaban en familia— tenía un hermano despistado. Se llamaba Mariano Eusebio de Tristán y Moscoso. Él se fugó enamorado a Europa y se casó por la Iglesia, pero olvidó —detalle menor— formalizar el matrimonio ante la ley. El problema fue que de ese descuido nació la escritora Flora Tristán. Flora heredó el apellido, pero no los privilegios pues tras la muerte del despistado de su padre, la familia la dejó fuera de la herencia. Mientras los Tristán en Arequipa blindaban su fortuna, ella escribió despechada contra ese mismo mundo. Recordemos que de Flora nace Aline Chazal, en Paris, y de ella el artista Paul Gauguin, genio indiscutible, tan talentoso como autodestructivo.

La línea oficial de los Tristán tomó otro camino. María Francisca Tristán y Flores del Campo, hija del Tatito Pío, se casó el 23 de febrero de 1846, en Arequipa, con Juan Santiago Lanfranco Rombado. De esa unión nació Leoncio Florentino Pío Lanfranco y Tristán; y de él, María Julia Otilia Lanfranco Gaviria.

Para entonces, el Perú ya no era virreinato.
San Martín y Bolívar ya habían hecho su trabajo.

Lima

Ya en la capital, Mamama Otilia se casó con Ramón Augusto Alberto Loli Arnao, hijo de la huaracina rebelde. De esa unión nacieron los Loli Lanfranco. Entre ellos, mi abuelo: Esteban Alberto Loli Lanfranco.

¿Y para qué me tomo la molestia de desentrañar este embrollo?

Por memoria, claro. Pero también por una sospecha: que uno no es solo uno. Que en la sangre se arrastran también ciudades, guerras, pestes, errores legales y hasta amantes imprudentes.

Porque, si sigo el hilo con paciencia —y algo de terquedad—, termino encontrándome en parentesco con los Loli de Huaraz, los Tristán de Arequipa, los Lanfranco, los Gaviria, los Arnao, los Florentini, los Moscoso, los Flores del Campo; también con los Castañeda, los Ramírez, los Sosa, los Murello. Y, en una curva más larga —inevitable—, hasta con los Chazal y los Gauguin. Son 62 apellidos, solo hasta mis tatarabuelos. Imagínate.

Y entonces ya no queda duda.
La sangre se expande, se mezcla, se repite.
Se pierde… y vuelve.

Y todo este enredo —de nombres, de guerras, de pestes y de “suerte”, si quieres llamarla así— no empieza en Huaraz ni en Arequipa. Empieza mucho antes.

Empieza cuando los apellidos todavía eran otra cosa. Cuando eran el gens.

Empieza con los Lolli.
Con sus mañas. Con sus tambores de guerra.

Pero antes de ellos —mucho antes—
con los Lollius.

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