Con ese último ceviche entendí que mi estómago había dejado de ser peruano.
El baño parecía la escena de un crimen. Un asesinato premeditado que terminó en el error grotesco de una desgracia mal calculada.
Ni la pequeña toalla rosa del lavamanos se salvó. La hice bolita y la arrojé a una esquina.
Y es que en ese momento mi atención se había fijado en las paredes. Las contemplé de pie, con los calzoncillos aún en los tobillos. De hecho, me pareció encontrar un mensaje oculto, encriptado, detrás de ese arte abstracto que cubría el baño de un extremo a otro.
Un mural urbano. Ecologista, incluso.
Salpicaduras ocres y verdosas trepaban por los azulejos blancos como lianas enfermas. Me hizo pensar, dolido y preocupado, en la minería ilegal. Chorreados asimétricos descendían con paciencia. Aquí y allá, estallidos más densos.
Pim. Pam. Pura violencia gestual, pero con música.
Había ritmo en ese trazo.
Era una pieza conceptual contemporánea, obra de algún artista neo-hippie y vegano, de esos, denunciando el sistema digestivo del capitalismo. Una obra reservada, con cierta vanidad, para quienes estudiaron letras en alguna universidad progre de la capital.
Yo seguía ahí, en medio del crimen.
¿Acaso no estaban frescos los mariscos?
¿Me había lavado las manos con jabón o no?
—Javier… ¿estás bien?
—Sí, mi amor. ¡Ahí salgo!
—Apúrate, que mi mamá ya sirvió el postre.
Miré una vez más el mural.
No estaba seguro de poder firmarlo.

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