Iba retrasado para mi presentación.
Para variar, la línea del RER B estaba detenida, “en répercussion d’un malaise voyageur”. Seguramente alguien había decidido acabar con su vida en los rieles del metro de París.
Qué tragedia más elegante.

El estrés ya venía confundiéndose con la cafeína de la mañana. La ley de Pareto me había enseñado que el ochenta por ciento de la angustia se concentra en el veinte por ciento de los pendientes. Pero para mí, el estrés se había convertido en una droga permitida. Una que alguien enciende, le da dos pitadas, la arroja al suelo y otro aparece para terminarla con efímera gratitud.

En el vagón, dos ejecutivos ya venían intoxicados desde casa. Revisaban correos con los ojos rojos, sorbiendo urgencias ajenas desde la pantalla del teléfono. Uno discutía en inglés con auriculares blancos, caminando en círculos para mejorar la señal. Consumía el pánico de su jefe y lo devolvía amplificado, listo para que alguien más lo aspirara.

Más atrás, un grupo de estudiantes reía mirando el mismo video. El volumen molestaba a las señoras que iban renegando en el asiento colindante. Tal vez esa era otra sustancia: la imbecilidad administrada en microdosis, suficiente para llegar vivo al final de la carrera.

Los obreros con chalecos fluorescentes dormían lo que no pudieron la noche anterior. Uno hasta lo hacía con la boca abierta, dejando la dignidad al viento, libre, como una bolsa vacía.

Bajé en la estación Gentilly.

Afuera, la línea de bus 125 aún no llegaba. El aire olía a orina y pan fresco. Y en su lugar habitual —entre el poste torcido y el tacho de basura reventado— estaba ella.

Un cartón deshecho le servía de tapiz.
Sus piernas, descubiertas, eran dos mapas en relieve, con las várices infladas, manchas violáceas, zonas peladas donde la piel parecía haber sido raspada con una cuchara.
La carne se tensaba como si algo quisiera salir desde adentro.

“Un chorizo de mazamorra”, pensé al ver sus hematomas en la pantorrilla.
Pude ver que un hongo le dibujaba orillas blanquecinas, como grietas en los tobillos.

La gente pasaba. Escupía. La saliva aterrizaba haciendo pequeñas parábolas cerca de sus pies. Ella no se movía. Ese peligro mínimo ya formaba parte del paisaje. Ella también.

Se levantó de su cartón cuando vio caer el primer cigarro encendido. Avanzó con pasos cortos, las rodillas temblando. Los nudillos tocaron el suelo antes que los dedos, con un golpe torpe y seco. Recogió el cigarro y lo aspiró con la mirada al cielo.

Cerró los ojos.

El humo le salió por la nariz y, al mismo tiempo, por la boca, como buscando llenar todos sus vacíos.

Esta era una escena a la que yo ya estaba acostumbrado. Era un evento normalizado en mi rutina diaria. Al inicio sentía lástima, le soltaba algunas monedas. Pero con el tiempo uno se acostumbra y justifica que es mejor no financiar la pobreza, como se dice en Lima al cruzar cada semáforo con la ventana polarizada del auto siempre cerrada. Ese día alguien arrojó un cigarro casi nuevo, apurado por subir al bus que estaba por partir.

Ella lo siguió con la mirada desde el momento en que fue encendido. Cuando tocó el suelo, se lanzó. Sus chorizos, a punto de reventarse, no le impidieron moverse con agilidad.

Estaba casi nuevo, casi entero. Aspiró sonriendo con el cuerpo y regresó a su cartón a fumarlo con calma, mientras los transeúntes la esquivaban, decorando su paso con escupitajos y envolturas.

Me acerqué. Me puse en cuclillas frente a ella.

Tenía unos hermosos ojos verdes, salpicados de vetas doradas. Ojos de una niña que aún no aprendía a mentir. En ese rostro devastado, la mirada conservaba una inocencia que no pedía nada.
Una ignorancia que no acusaba a nadie.
Un resto intacto.

—¿Me invita una pitada?

Soltó una carcajada aguda, casi infantil.

La lengua, oscura, parecía recubierta por una costra. Los labios estaban mordidos por el tiempo. Le faltaban pedazos. Los pocos dientes que le quedaban eran fragmentos marrones, ruinas de caries o de alguna enfermedad mucho peor.

Ya en el bus, camino a Le Kremlin-Bicêtre, pensé mucho en ella. Tal vez las drogas sociales sí servían para algo.

El estrés, la cafeína, las pantallas, la nicotina, las urgencias ajenas, y la imbecilidad: pequeñas dosis de veneno que nos empujan hacia un final anticipado, discreto, funcional. Una salida antes de que la carne se vuelva paisaje. Antes de que los transeúntes nos escupan los pies.
Antes de que aprendamos a agradecer lo que mendigamos de otros.

Morir temprano, pensé, podría ser un privilegio.

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