—¿Y qué le motiva a cambiar de trabajo?
—La verdad, siento que ya toqué techo donde estoy. Quiero participar en proyectos más importantes.
—¿Y qué referencias cree que nos daría su empleador actual?

Ahí me colgué.

La entrevistadora quedó mirándome. Tenía el lapicero apoyado en la hoja, inmóvil, esperando algo que yo todavía no decía. Sonreía con una falsa cortesía bien entrenada. Yo miré hacia la ventana. La ciudad de Lima se extendía gris, indiferente. Y en ese reflejo del vidrio comenzaron a aparecer las imágenes del verano pasado, mientras mi cara de huevón se hacía cada vez más larga.

Siempre he sido un tipo correcto. De los aburridos, casi. Nunca he faltado a la ley, jamás he coimeado a un policía, nunca me encontrarán pidiendo un favor a cambio de otro. Mi reputación la construí así: haciendo lo correcto, acumulando buenas referencias.

Pero la reputación es la forma socialmente aceptada de la hipocresía y dura exactamente lo que dura la paciencia ajena. 

Después de ese verano, la popular Radio Pasillo en la oficina hizo lo suyo. Conversaciones que se cortaban cuando yo aparecía. Miradas que duraban más de la cuenta. Bromas que ya no eran bromas. Empecé a notar que mi nombre circulaba sin mí, que mi historia se contaba mejor cuando yo no estaba presente. Quise largarme antes de que esa versión de mí se volviera la oficial, la que se repite en los ascensores y entretiene los almuerzos. Y ahora estaba ahí, en la última fase de entrevistas con la competencia. Tratando únicamente de escapar.

—¿Se encuentra bien? —preguntó ella.

No respondí.

La noche que arruinó todo había comenzado impecable.

Previos en la casa de la chata Cristina, en Playa Blanca. No habíamos terminado de enjuagarnos la sal de las orejas y ya corría el whisky. Su papá sacó unas entrañas para picar, pero nadie las probó.

Tal vez por no arriesgar las camisas.
O por no terminar oliendo a muerto.

Yo llevaba una Volcom blanca prestada por Harold. Bien planchada. Desabotonada lo justo. La cadenita de plata asomando sobre los pectorales.

No era vanidad. Era estrategia.

Esa noche iba a verla.

La había cruzado antes, un par de veces en el boulevard. Nunca hablamos más de dos frases. Después conectamos por Facebook. Me gustaba que escribiera mal. Sus faltas ortográficas me seducían, pues no parecía necesitar aprobación de nadie. Tenía algo frontal, casi descuidado, que me desarmaba un poco.

Esa noche iba a estar en La Huaka.

Terminamos las botellas. Las chicas hicieron su ritual de fotos de media hora. Nos repartimos en tres camionetas.

Entramos rápido. Estábamos en lista.

Y ahí cometí el primer error.

Entrando, vi a Mauricio Echecopar, el jefe de mi jefe. Intercambiando brazaletes con un promotor. Dudé un segundo. Debí haberlo saludado otro día. En la oficina. Con corbata.

Intenté el abrazo. Él se defendió con un apretón de manos breve, incómodo. No me reconoció, pero se disculpó.

Le dije mi nombre completo.

—Matías Carrillo. Trabajo con Pancho, en Operaciones.

Sonreí de más.
No era el lugar para existir profesionalmente.
Pero ya estaba ahí.

Dentro, la música nos empiló de vuelta. Nuestro box quedaba justo al lado del suyo: una competencia muda de botellas sobre la mesa y flacas ocupando el espacio.

Y entonces la vi.

Alexia entró con dos amigas. Mayra la saludó primero. Caminó entre la gente. Sin gestos. El ruido bajó un punto. Se instaló en nuestro box y nos miramos apenas. Un cruce breve. Suficiente.

Yo fingía saberme las canciones.
Ella fingía no verme.
Equilibrio perfecto.

Hasta ahí, todo parecía bajo control.

O eso creía.

No supe por dónde empezar.
Mauricio era el jefe de mi jefe. Un par de whiskys bien colocados podían ahorrarme años de correos en copia.
Alexia, en cambio, era la promesa mínima de no pensar en los lunes.

Me serví un shot de Jäger para decidir.
Después otro, para confirmar.

Al rato yo ya movía las caderas y repartía vueltitas en el box, espantando manos ajenas que aterrizaban sobre nuestras botellas. En algún momento, Alexia cruzó al box contiguo. Sonaba Juan Luis Guerra. Mauricio le apoyó la mano en la cintura y la jaló sutilmente con el merengue. Bailaron entre las botellas, midiendo el espacio con precisión financiera.

No era nada.
No me molestó.
Anoté el detalle.

Me serví otro.

—¡Matías, ven! ¡Harold se va a mechar con unos vips!

Salí. Harold estaba frente a un seguridad que duplicaba su tamaño y la mitad de su paciencia. 

—Ese vip me empujó —acusó Mayra.

Sentí la viada. No fue heroísmo. Fue esa necesidad infantil de quedar bien en una historia que nadie había pedido. 

Y a mí me salió gratis.

—¡Harold! ¡Dime cuál fue para someterlo! —grité.

No terminé la frase y un brazo me cerró el cuello. Otro me dobló los brazos. Crucé los boxes sin tocar el suelo. Me sacaron por una puerta detrás de la barra.

Tierra en la boca.
Golpes en la oreja.
Harold gritaba.

Intenté zafarme. Mala jugada.
Los golpes comenzaron a buscar la nariz.
Sentí un palo de madera insistir entre la espalda y las costillas.
Después, silencio.

Cuando pude volver a respirar, Harold estaba a mi lado. Rojo. Despeinado. Vimos a siete bestias regresar a la discoteca por la puerta donde nos habían sacado. Esta se cerró detrás de ellos. 

—Mañana regresamos y los matamos —balbuceó Harold.
—Yo estoy fresco —respondí.

La Huaka tenía techo abierto y muros que parecían a medio terminar, una rusticidad cuidadosamente diseñada. Las vallas metálicas de la entrada nos sirvieron de escalera.

Trepamos como pudimos.
Calculamos mal.
Saltamos.

Aterrizamos con reguetón. 

Avanzamos hacia los boxes. La gente se apartaba sin mirarnos de frente. Una chica levantó su cartera. Un tipo protegió su vaso. 

—Huevón —dijo alguien—, ¿te han atropellado o qué?

La sangre bajaba de la nariz, tibia, mezclada con tierra.
Se desprendía en coágulos espesos que caían sobre la camisa rota.
Tenía sed, no de alcohol, sino de venganza.

—¡Ahí está el vip que te agarró! —gritó Harold.

Pero ya era demasiado tarde.

En el box, las miradas se desviaron con asco. Alexia frunció la nariz. Le apretó el hombro a Mauricio mientras él servía un trago, concentrado, midiendo el hielo.

—Ahora te toca a ti, conchetumare.

Mauricio giró apenas. No llegó a soltar la botella y le empalmé un cruzado al mentón.

Su espalda golpeó la mesita. Las botellas cayeron, los vasos estallaron. El alcohol se mezcló con vidrio y limón. El reguetón siguió. Las chicas gritaron.

Nadie nos separó.
Tal vez por no arriesgar las camisas.
O por no terminar oliendo a muerto.

Lo golpeé dos veces más.

Un brazo me cerró el cuello. Otro me dobló los brazos. Después vinieron la tierra en la boca, la oscuridad.

Esta vez no sentí la nariz.

—¿Se encuentra bien? —insistió nuevamente la entrevistadora.

Parpadeé. Lima seguía ahí, detrás del vidrio. Indiferente.

—Creo que mi empleador actual le daría las mejores referencias.

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