Vivía con dos buenos amigos en una casa de la calle Manuel Augusto Olaechea, en Surco. Cada uno tenía su cuarto y habíamos dejado uno libre, siempre disponible, para quien necesitara refugio. Nunca preguntábamos por qué. En esa casa, las puertas se abrían sin condiciones, y eso nos parecía una forma elegante de vivir.
Era una casa de dos pisos: arriba, los dormitorios; abajo, las oficinas, supuestamente. En el patio improvisamos un gimnasio y el jardín terminó oficialmente emancipado por Mamut, nuestro beagle, que asumió el territorio sin pedir permiso.
Frente a la casa había una caseta de huachimán. Eso nos dio tranquilidad al alquilar. Duró una semana, pues antes de terminar de acomodarnos, unos rateros nos vaciaron todo: laptops, zapatillas, mochilas… hasta el shampoo quedó vacío. El huachimán no vio nada.
Por esa casa pasaron grandes celebridades. Almorzamos con músicos, cenamos con artistas y desayunamos con criminales. Hubo domingos en los que nos encerrábamos a ver películas, compartiendo la canchita con personajes que hoy aparecen en la televisión, algunos incluso sentados en curules del Congreso. Nunca le cerramos la puerta a nadie.
Fue una linda época. Hubo emprendimientos, deporte, amistades y demasiada fiesta. Lamentablemente, terminó en un nudo sucio, de esos que no se desatan sin romper la cuerda. Y no solo se rompió el contrato de alquiler, sino también nuestra amistad. Eddy se fue a China. Mariano se refugió en Miami. A mí me tocó limpiar lo que quedó. Terminé con una cirugía en la columna y, poco después, con la decisión de irme del Perú. Hasta hoy, ninguno de los dos responde cuando los saludo por sus cumpleaños.
Para contar mi versión, tal como la viví desde el baño del primer piso, con el pantalón abajo, mientras mis dos amigos se repartían botellazos en la cocina, tengo que empezar por Mariano.
Mariano no era promotor, pero siempre tenía entradas para los eventos que producía su empresa. La mayoría eran tonos: fiestas de fin de semana a las que solo entrabas si llevabas brazalete. Cada semana llegaban paquetes repletos. Cada brazalete costaba, más o menos, cien soles.
A veces le escribían por Facebook completos desconocidos. Tocaban el timbre y abríamos sin pensar. Así funcionaba la casa.
La mayoría de las veces el intercambio era limpio y rápido: sobres o paquetitos por la reja, billetes de vuelta. Otras, los hacíamos pasar a la sala.
Yo trabajaba en un pequeño escritorio del primer piso, frente a una mesa grande donde esperaban sentados. A veces me hablaban. Yo respondía lo justo. Siempre intenté mantener distancia de las actividades de mis dos amigos. Sobre todo, de las de Eddy.
El chino Eddy era talentoso. Cofundador de una empresa de artículos deportivos, tuvo un éxito temprano gracias a un contrato casi millonario con Movistar. Además, cocinaba como nadie. Preparaba dim sum para el desayuno que no encontrabas en ningún restaurante. Yo disfrutaba su comida casi tanto como su amistad.
El problema era un defecto que nunca quiso corregir: desconfiaba del sistema. Odiaba los bancos. Estaba convencido de que lo espiaban. Por eso, cada vez que recibía dinero, hacía lo imposible por mantenerlo en efectivo. Y no se le ocurrió mejor idea que esconderlo entre los insumos de la alacena que todos compartíamos.
Él creía que no nos dábamos cuenta. Pero encontramos billetes dentro de envases vacíos de proteína, fajos escondidos en rollos de papel aluminio, dólares metidos en cajas de té o bolsas de arroz arrinconadas. Nunca entendí cómo llevaba la cuenta. Pero jamás le faltó un solo dólar.
Al menos no al comienzo.
Con el tiempo, la vecina de al frente empezó a mirar más de la cuenta. Barría su vereda a cualquier hora. Observaba los sobres, los billetes, las visitas, los horarios. En las reuniones vecinales, nuestro nombre empezó a circular con entusiasmo rancio entre las comadres. Éramos, pues, la casa rara, la jato oscura, los muchachos esos. Para el barrio, éramos una mezcla de amenaza y espectáculo.
Un viernes, temprano, la vecina se cruzó con una amiga mía, una actriz que ya empezaba a ser conocida en la televisión. Ella salía de nuestra casa, tacos en la mano, vestido de fiesta y dejando en el aire una estela de perfume mezclado con pisco. La vecina la reconoció y se le acercó emocionada. Mi amiga, sin dormir y sin paciencia, la ignoró. La vieja, ofendida, la insultó y le incriminó que sus amigos eran unos narcotraficantes, que no era más que otra bataclana saliendo de esa casa.
Días después, su esposo tocó el timbre. Expolicía. Dijo que colaboraba de forma independiente con la comisaría de Surco porque amaba el barrio. Comentó que conocía bien la casa, que había sido amigo de un antiguo dueño. Insinuó incluso que todavía tenía llave, aunque por el techo —dijo— se entraba más fácil. Hizo preguntas que nadie le había pedido que hiciera y se fue.
Ahí empezó la paranoia.
La puerta dejó de abrirse al público. Eddy volvió a cuestionarse el primer robo y culpó a Mariano por haber sido el único en casa ese día. Mariano, defendiéndose, me contó en privado que el contrato de Movistar nunca se había pagado completo y que el socio de Eddy se había comprado una casa de playa con el adelanto. Las sospechas se cruzaban como cables pelados en mi cara.
Todo reventó después de una fiesta en Embarcadero. Eddy desapareció dos días. Volvió de madrugada, sin zapatos y sin celular.
Entró directo a la cocina y empezó a revolver la alacena. No encontró lo que buscaba. Gritó. Tiró todo al piso.
Acusó a Mariano de haberle robado. Mariano respondió con golpes hasta que, agotado, lanzó una botella de Jägermeister contra el suelo. El vidrio estalló en añicos y marcó una frontera. Eddy, descalzo, no pudo cruzarla y se quedó del otro lado, insultándolo.
Yo escuchaba todo desde el pequeño baño del primer piso. No por curioso, sino porque me había quedado sin papel higiénico. Intenté salir sin que me vieran, pero sonó el timbre cuando estaba ya casi por llegar a la escalera. Habían llamado a la policía por los gritos. Nadie abrió. El silencio se volvió un acuerdo tácito.
Esa noche no nos hablamos. Yo trataba de ordenar los hechos, buscando un culpable que me diera paz para dormir. Pensé en el vecino. Subí al techo. Quería entender cómo alguien podía entrar sin ser visto. Encontré accesos fáciles, tal como él había dicho. Entré a su casa. Dormía con su mujer, semidesnudos, pesados, como dos cerditos de granja acurrucados en su fango. Me pareció que tenían frío, entonces los tapé y me fui.
Al salir, ya en el techo, un vecino gritó despavorido. Me asusté. Calculé mal el salto y caí doblado. Sentí un crujido seco en la espalda.
Durante la madrugada, Serenazgo tocó el timbre sin parar. Ninguno durmió, ninguno bajó. Y a la mañana siguiente llegaron inspectores antidrogas por una denuncia de microcomercialización.
Eddy se fue a vivir con su mamá. Seis meses después, viajó a China. Mariano dejó los eventos, se enamoró en Miami y nunca más volvió. La casa quedó vacía y, al mismo tiempo, llena de preguntas que nadie supo responder.
Meses después, mientras intentaba inútilmente recuperar la garantía del alquiler, me encontré con la joven actriz en una fiesta. Entre tragos me contó que ella y la exnovia de Eddy pasaban noches cocinando en nuestra casa. Que entraban cuando querían y que a veces su amiga se llevaba cosas cuando salían de madrugada.
Años después se lo conté a Eddy en un café en París. Nos habíamos cruzado de pura coincidencia. Él me escuchó con paciencia, con cara de conocer el final.
—Lo sospechaba —dijo—.
Ahí entendí que la amistad no se pierde por traición, sino por miedo.
Miedo a quedarte sin dinero.
Miedo a quedarte sin amigos.
Y miedo, sobre todo, a descubrir que no siempre se puede conservar ambos.

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