Esa noche salí de la discoteca a las tres, solo y sin despedirme. Al subir las escaleras que daban al parque Salazar, los taxistas me recibieron en un coro que se fundía con el estribillo de una vendedora ambulante.

Yo tenía la costumbre de regresar caminando y parar por una bebida en el grifo. A veces, un helado. Y es que esa ruta que va desde Larcomar al barrio de Nikanor nunca fue directa, siempre se me desviaba en alguna anécdota.

Fue al dar la vuelta en la avenida Armendáriz que la vi. Caminaba en zigzag, completamente sola, seguida por un auto negro que avanzaba demasiado despacio.

El auto iba raspando el aro contra el borde de la vereda mientras el chofer, estirando el cuello casi hasta la ventana del copiloto, le insistía:

—¿Taxi? ¿Taxi, amiga? ¿A dónde vas?

Ella no le hacía caso. Iba concentrada en sus pasos. Los pies le bailaban y los tacos parecían esguinzarle los tobillos una y otra vez. Con una mano se cuidaba del muro; con la otra apretaba el celular.

Cuando vi que el auto aceleró para estacionarse unos metros más adelante, supuse lo peor. Corrí un poco y me planté a su lado justo cuando el chofer abría la puerta y bajaba del auto. Por la cara de asado que puso, yo creo que no me había visto.

—¿Joven, taxi?
—No, gracias —respondí, engrosando la voz.

Seguí caminando a su lado, en silencio, hasta que el auto negro nos abandonó.

—Si no te molesta, te acompaño —le dije—. Voy por la misma ruta, hasta cruzar el Zanjón.

Me examinó la cara por un momento y siguió caminando. Tenía los ojos llorosos, el rímel chorreado. Quise preguntarle si estaba bien, pero sus tacos hacían bulla y me distraje.

—Qué pesado el taxista, ¿no? —le pregunté.

Me devolvió la mirada en silencio. No supe si lo que añadió fue una media sonrisa o un eructo retenido.

—Es medio peligroso que camines sola a esta hora. ¿Por qué no pediste un Uber?
—No tengo batería —respondió al fin—. Además, vivo cerca.

Le eché unos veintidós años. A lo mucho.

—¿Y tus amigas? ¿Por qué no te acompañan?
—No tengo amigas. Ya no.

Mientras caminábamos, vi que del otro lado de la avenida nos seguía un Serenazgo a pie. Ella me pidió cruzar el parque Melitón Porras, desviando un poco mi ruta y dejando atrás al sereno.

—¿Nos podemos sentar? No puedo más con estos tacos.
—Yo tampoco —respondí—. Suenan horrible.

Me sonrió. Pero no pude evitar imaginar qué habría sido de esa sonrisa si se subía al auto negro.

Sentados en la banca, me contó de su perro, de sus amigas y de lo bien que sabía preparar alfajores. Yo me distraía por ratos: sus pulseras, su cuello, el Serenazgo que nos observaba desde la esquina. El parque se iba quedando en silencio.

Finalmente decidimos continuar. Me puse de pie y la ayudé a levantarse. Se sacó los tacos y, de pronto, me abrazó. Me quedé inmóvil. Luego me miró a los ojos y dijo algo que no alcancé a escuchar.

—¿Qué dijiste?
—Que me lleves cargada. No puedo caminar más.

¿Qué iba a hacer? ¿Obligarla a caminar descalza? La levanté. No pesaba más que un gato.

Salimos del parque en dirección al Zanjón. Ella espiaba al Serenazgo por encima de mi hombro y se reía. Él nos seguía, guardando distancia. Y con mucha razón. Yo podía ser un sujeto malintencionado.
Un enfermo.
Un psicópata. 

Ella apoyaba la cabeza en mi pecho, manchándome la camisa con su rímel, murmurando cosas que no terminaban de armar una frase.

—Por favor, no te duermas —le dije.
—Ya estamos a dos cuadras —respondió—. Cuando lleguemos a mi casa vas a probar mis alfajores.

Cinco cuadras más adelante, el gato ya pesaba como un perro. Un labrador. Al menos seguía despierta, y eso me dejaba tranquilo.

Su casa era enorme, ocupaba toda una esquina y media cuadra. Conté como tres garajes. La bajé con cuidado y cayó de pie. Tras varios intentos fallidos, logró encajar la llave y abrir la puerta. Me hizo una seña de silencio y, apenas cruzó el umbral, me cerró la puerta en la cara.

Nunca probé sus alfajores. 

Al doblar la esquina me encontré cara a cara con el Serenazgo.

—Estás tarde —le dije—. Ya la aventé por el Zanjón.

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